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martes, 11 de agosto de 2026

El polluelo Genovevo

 

7-7-2020 GENOVEVO.

Mediado el mes de agosto, escribiendo estos renglones me pregunto qué será de Genovevo. Así es como bautizamos al cernícalo primilla que casualmente encontramos en una calle de Siruela un caluroso día de julio. Vigoroso y lleno de vida, no puedo imaginarlo de otra forma que no sea volando libre junto a otros de su especie que seguramente corrieron la misma suerte. Después de completar su desarrollo en las mejores manos, estará contando los días para acometer el largo viaje que le llevará a tierras africanas. Caprichoso fue el azar cuando lo puso en nuestro camino, si ese era su destino, le dio otra oportunidad.

La historia de Genovevo no es otra que la de cientos o miles de animales extraviados, huérfanos o heridos que quedan desamparados cada año. Quiso la casualidad que nos encontráramos con él en una estrecha calle que accede a la plaza de Siruela, junto al convento de La Purísima Concepción. Desorientado, permanecía en el suelo a merced de los vehículos y los peligros que siempre están presentes en el entorno urbano. Rápidamente me bajé del coche para recogerlo. Aparentemente no presentaba lesiones y se encontraba en perfectas condiciones físicas. Lo más probable es que hubiera caído de algún tejado u oquedad, empujado por los hermanos mayores o por el espantoso calor de estos días. Tuvo suerte, porque el golpe tuvo que ser considerable. Generalmente, el ambiente que se respira en los nidos no es tan pacífico y acogedor como cabría esperar. La competencia por el alimento es despiadada y en no pocas ocasiones los pollos más desmedrados lo pagan con su vida o son expulsados sin contemplaciones.

Mientras volvíamos a casa nos preguntándonos por el camino qué íbamos a hacer con el polluelo, aunque lo recomendable en estos casos es ponerse en contacto con un centro de recuperación de fauna salvaje, y esto hicimos. Para estos menesteres no hay mejor referente en la provincia de Badajoz que la acreditada ONG para la conservación de especies silvestres AMUS (Acción por el Mundo Salvaje), con sede en Villafranca de los Barros, pero amablemente nos comunicaron que hasta otro día no podían desplazarse para recogerlo.


(Foto: Jesús M. García Luengo)

En un primer momento tenía dudas respecto a la especie del polluelo. Un cernícalo era, no había duda, pero hay que tener en cuenta que el cernícalo primilla y el vulgar suelen coincidir en el mismo hábitat. Sin otra referencia, el color de las uñas es un rasgo orientativo que puede servir para hacer una correcta identificación cuando los polluelos aún tienen plumón, pero hasta este detalle era confuso: si negras las tienen los vulgares y blancas los primillas, las uñas de Genovevo eran indefinidas.

El tierno polluelo pasó toda la tarde con nosotros y buena parte de la mañana haciendo gala de un carácter confiado y curioso que nos cautivó. Incluso se embauló media salchicha de pollo, cuando lo normal es que no hubiera probado bocado.


( Dibujo: Jesús M. García Luengo )


El polluelo pasó la noche sin novedad y se levantó muy espabilado. Recadeó en el buche otra ración de salchicha y estuvo de mano en mano hasta que vinieron a recogerlo a mediodía. Cuando le expliqué las incidencias y mis razonables dudas a Antonio, el responsable de AMUS que se encargó de su traslado, nos comentó que la docilidad y el apacible carácter del cernícalo primilla es una pista relativamente fiable para diferenciarlo del temperamental vulgar cuando son polluelos. En cuanto se lo mostramos, no lo dudó.

Y así comenzó y terminó nuestra corta pero intensa relación con Genovevo. Un intrépido viajero, un primilla descarriado, que quiso volar muy lejos y cayó desde un tejado.



“Existir como ser humano continúa siendo para mí un enigma, pero este enigma está para mí más claro, es más rico y más habitable al entrar en contacto con esos enigmas que son los demás seres vivos” (Babtiste Morizot).




“El Observador”




sábado, 28 de marzo de 2026

Garbayuela, primaveras pasadas.


   Con el comienzo de una nueva estación , nos trae "El Observador", ( Jesús Manuel García Luengo ) unos extractos de sus relatos de  primaveras de  años atrás.


RETROSPECTIVA PRIMAVERAL.






Revitalizada y agradecida, la tierra castigada por las veleidades de un clima imprevisible al que le sobran la mitad de las estaciones, se muestra esplendorosa, con ese añorado aspecto que lucían las exuberantes primaveras antiguas, de las que queda poco más que un polvoriento recuerdo en la memoria ("El Observador"; 18/4/2018).


La inestabilidad meteorológica se ha instalado estas fechas en forma de persistentes y virulentas tormentas que descargan agua como si la tiraran a cubos allí donde se hacen fuertes.  El ambiente, fresco y desagradable en ocasiones, así como tórrido cuando el sol de mayo asoma la “gaita” entre los cárdenos nubarrones, es tan imprevisible, que a lo largo del día tan pronto te sobra la manga larga, como te hace falta ("El Observador"; 19/5/2018).


Pese a la falta de precipitaciones, las dehesas agradecen los puntuales chaparrones primaverales y se muestran verdes y exuberantes. ¡Qué poco necesita el austero reino de la encina para mostrar su mejor cara! A pesar de las bajas temperaturas y la medida humedad que receta la climatología por estas latitudes, impresiona desparramar la vista y contemplar la espectacular floración de jaras, cantuesos, aulagas y retamas que engalanan y perfuman las umbrías y solanas ("El Observador"; 20/4/2021).

Paraje: Tablacorta. (Foto: Jesús M. García Luengo)


     Verde que te quiero verde, verde viento, verdes ramas… Con estas pocas palabras podría describir sin equivocarme cómo se presenta la todavía joven primavera. El viento mece la exuberante dehesa que comienza a teñirse de intensos colores, realzando aún más si cabe el tapiz esperanza que generosamente cubre la tierra mojada hasta donde se pierden los sentidos ("El Observador"; 7/4/2010).

Paraje: Tablacorta (Foto: Jesús M. García Luengo)


Pasado el inestable mes de marzo, la primavera hace acto de presencia con tal  fuerza, que sufrimos estos días con incredulidad y resignación la subida del termómetro hasta unos insoportables 30º. ¡Qué calor!

Entrado abril, las dehesas lucen hermosas a la espera de la explosión floral que transformará el manto verde en un precioso y singular mosaico. Es difícil enumerar y describir la extraordinaria variedad de plantas que florece al abrigo de las encinas, que estos días exhiben primorosas sus dorados amentos. Tonos amarillos, blancos, morados, rojos… se entremezclan en la alfombra multicolor que pisa la protectora dehesa. Regada por borrascas atlánticas, majadeada por la merina y caldeada por un sol generoso, se viste de gala estos días para disfrute de nuestros sentidos; limitados, quizá, para asimilar tan extraordinaria y perturbadora belleza ("El Observador"; 8/4/2014). 


La primavera se ha hecho presente y con ella todo el despliegue de efectos y acontecimientos a los que indisolublemente está unida. Si estos días las calles suenan a  marchas procesionales de tambores y cornetas, la ribera del Guadalemar suena a dulce música de carboneros y ruiseñores ("El Observador"; 9/4/2017).



Las dehesas están esplendorosas. Verde y exuberante, el majestuoso reino de la encina ofrece estos días su mejor cara. Tierra agradecida donde las haya, han bastado unas irregulares lluvias de abril para convertir el deslucido paisaje en una alfombra multicolor de matices y aromas diversos. Es tiempo de renovación y amoríos. Cucos, tórtolas viajeras, ruiseñores y oropéndolas cantan sin cesar hasta las últimas luces. El turno de las ranitas arborícolas comienza entonces su trepidante sonata. En primavera no existe el silencio. Las dehesas estos días no callan. Las avecillas incuban sus puestas y la encina se viste de gala ("El Observador"; 30/4/2016).


¡El agua nos sale por las orejas! Desde la nevada del día 28 de febrero no ha dejado de llover con más o menos intensidad y el agua se derrama briosa buscando los albañales. El campo, inundado, es incapaz de absorber una gota más. Ríos, arroyos, regatos y pantanos están a tope; aventados, como se suele decir por estas tierras. Hace muchos días que llueve sobre mojado, y lo peor, o lo mejor, según se mire, es que las previsiones meteorológicas dicen que va a seguir lloviendo.

Con los niveles de agua garantizados, la primavera que se barrunta pinta tan espectacular como amenazadora para los alérgicos y los fervorosos cofrades, que miran al cielo temerosos, contando los días que quedan para una Semana Santa que está a la vuelta de la esquina. Por la parte que me toca, porque religioso no soy, lo llevaré con resignación, aunque mi penitencia no es cualquier cosa ("El Observador"; 17/3/2013).

Paraje: Orilla río Siruela (Foto: Jesús M. García Luengo)


Los tonos amarillos comienzan a imponerse en las dehesas anunciando el cambio de ciclo que inexorablemente se hará dueño en los próximos meses. El aroma dulzón de las retamas en plena floración perfuma la brisa cálida de mayo tardío y la bella Digitalis pone el punto de color allí donde la dehesa se quiebra. La incesante melodía de la oropéndola evoca tierras lejanas y la perdiz arropa a los pollitos que hoy presentó a la primavera. Pajarillos nuevos reclaman atenciones a cada paso; un conejillo huye asustado del tamujo haciendo dibujos y la cigüeña negra, siempre majestuosa, me sobrevuela indiferente al ciento largo de buitres que se dan un festín en la loma pelada. Huele a tomillo, a jara, a cantueso, a tierra mojada; la dehesa bulle de vida; la dehesa no puede estar más guapa (“El Observador”; 30/5/2011).


Restalla un lamento en los desolados campos y dehesas donde se cuece el pan que los artesanos de la tierra llevan a la mesa. Agricultores y ganaderos, olvidados por las veleidades de un clima sin conciencia y olvidados por quien debería tenerla, miran con desasosiego al cielo y solo reciben su desprecio, cuando nadie como ellos cuida y mima la tierra. Mientras tanto, san Isidro no da abasto estos días para atender a las plegarias de una devota feligresía que lo trasiega en andas por unos secarrales que ni los más viejos han conocido. Aunque algo más que ruegos y plegarias al santo hacen falta para cambiarle la cara al paisaje asurado por las espantosas temperaturas de un rabioso sol agostizo (“El Observador”; 16/4/2023).


Hubo primavera, me dijeron, y las dehesas lucieron hermosas gracias a las generosas lluvias que empaparon la tierra durante buena parte del mes de abril, incluso mayo.

Verde en todos sus matices, la vegetación mediterránea de nuestros montes rebosa vitalidad y muestra un aspecto inmejorable. ¡Qué bien huele el aire de las mañanas veraniegas! Impregnado de embriagadores aromas, está por inventar un perfume que supere la indescriptible sensación que produce tal combinación de esencias. A cada paso respiro ládano, resina, leña seca y hierba tostada, recordando lo mucho que anhelaba perfumarme de tierra (“El Observador”; 20/6/2020).


Paraje: Tablacorta (Foto: Jesús M. García Luengo)


“El Observador”


jueves, 8 de enero de 2026

EL BÚHO REAL

 

EL CASTILLO-SIERRA DE MIRABUENO.

Sigue lloviendo… Cae la tarde sobre la quebrada sierra del Castillo. El gran duque se despereza y comienza su ritual. Su profunda e insistente llamada amorosa propaga un quejío entre olivos y monte bravío. La fachada rocosa guarda impaciente su nido. El pueblo callado es testigo.

Instalados en los fríos invernales de enero, la soberbia estampa del búho real se recorta sobre su improvisada atalaya, desafiante, ajeno a todo. Poco le importa el continuo trasiego humano, sus molestas máquinas, sus ruidos y destellos, la gélida noche. En la mente del viejo macho


sólo cabe una razón. Todo queda relegado, el instinto ciega la necesidad, el tiempo apremia y nada importa. La fina lluvia encharca la voz del rey de la noche. Dos varas de envergadura lo coronan como amo y señor. Vuela majestuoso, vestido de silencio, para anunciar al viento que se desgarra de amor
.

Metidos en plenas nupcias, los búhos reales abandonan su vida discreta para exhibirse sin recato y conquistar a sus damas con sonoros y profundos cantos, que podrían resumirse en una sola sílaba, pero sobrada del mensaje y embrujo que la convierte en una de las manifestaciones más conmovedoras que se pueden escuchar en las frías noches de invierno.

El observador

Jesús García Luengo 

martes, 28 de octubre de 2025

SETAS Y LETRAS

     Al comienzo de la temporada micológica, Jesús García Luengo, observador y descriptor de la naturaleza, nos hace un relato ilustrativo de algunas de las especies que tenemos por Garbayuela. Nos habla de sus características y propiedades, y también nos advierte sobre la toxicidad de algunas de ellas. Las fotos que ilustran este relato han sido realizadas por el propio autor.

SETAS Y LETRAS.


La otoñada lentamente va acortando los días y las borrascas atlánticas refrescan el ambiente regando los campos que el espantoso estío agostó. Así debería ser y esta ha sido la dinámica natural de los cambios estacionales que siempre hemos conocido, pero el interminable verano, después de beberse hasta la última gota de agua, se agarrapata al calendario y no lo echamos ni a gorrazos.

Septiembre, mes de transición en otros tiempos, hace mucho que “perdió las formas” y se ha vuelto tan áspero y seco como los que le preceden, así que esperamos a octubre como agua de mayo. Si viene entrado en agua, los chaparrones empapan generosamente la tierra abrasada por las interminables horas de sol y el polvo reverdece alumbrado por la tibia luz otoñal. Los efectos del agua revitalizadora no se hacen esperar y la vida se despereza, florece, madura y engorda con premura antes de que el afilado frío del hielo la adormezca de nuevo. La vida se rinde al sueño antes que luchar contra los extremos.

Los charcos centellean como espejos en las reverdecidas dehesas cuando los bandos de grullas viajeras anuncian su llegada a golpe de trompeta. Como cada año, regresan disciplinadamente al reino de la encina, el más biodiverso de Europa, dicen los que saben. En esa bendita diversidad, el reino fungi también reclama protagonismo y acude vigoroso a la llamada de la abundancia. No exigen los hongos que la tierra se colme de agua, pero sí necesitan cierto grado de humedad para desarrollarse y propagarse. Si el tiempo acompaña, unos copiosos chaparrones y unas temperaturas moderadas son suficientes para que estos ingredientes desencadenen su explosiva aparición.


Sarcoscypha coccinea
Cabe destacar la trascendental importancia de estos organismos en los ecosistemas. En su silenciosa labor descomponen y reciclan la materia orgánica liberando en los suelos nitrógeno y fósforo, nutrientes fundamentales para el crecimiento, floración y fructificación de las plantas. Otras especies establecen relaciones simbióticas con determinados vegetales, intercambiando agua y nutrientes, entre otras importantes funciones. Todos estos procesos químicos pasan lógicamente desapercibidos, pero no así sus cuerpos fructíferos, la parte visible de los hongos que conocemos como setas. De infinitas formas y colores, son estas las responsables de producir y diseminar las esporas, mientras el micelio, oculto bajo tierra, forma una red de filamentos llamados hifas que se encargan de extraer los nutrientes del sustrato.

Hasta 1500 especies de setas, según las fuentes, se han identificado en la Península Ibérica, de las que apenas un centenar contienen sustancias tóxicas. De esta enorme riqueza micológica no es ajeno nuestro extraordinario entorno natural y son muchas y diversas las especies que están presentes en nuestros bosques, montarrales y dehesas. Algunas de gran interés culinario, como bien sabemos los aficionados a la micología.


Entre las más apreciadas en la cocina cabe destacar a los deliciosos
Boletus. Estas setas termófilas son de las más tempraneras. En cuanto caen unos buenos chaparrones, asoman rollizos entre la hojarasca esperando a que un avispado setero las eche al cesto. Tanto el Boletus edulis como el aereus están íntimamente asociados al bosque esclerófilo, aunque también brotan bajo castaños y bosques mixtos. Antes de que septiembre perdiera la cordura, yo mismo he recogido en este mes una generosa muestra después de una intensa semana de lluvias al final del verano.


Otra exquisitez que gusta de las mismas condiciones ambientales que los
Boletus es conocida científicamente con el nombre de Amanita caesarea; por oronjas, amanita de los Césares o huevo de rey la conocemos el resto de la afición. Probablemente es la más buscada y apreciada en los fogones. Es esta una seta realmente bella y afamada, que ya era muy valorada por los emperadores romanos. Caprichosa como ninguna, aunque en Garbayuela tenemos zonas muy de su gusto, es muy escasa. Y si no se dan las condiciones, ni asoma.



Sobradamente conocida es la extensa familia de los Agaricus. Lo que vulgarmente conocemos por “hongos”. Fácilmente reconocibles, también tienen mucho predicamento por estos lares y son muy abundantes bajo las encinas y cercones bien estercolados.



         En una ocasión advertí a mi buen amigo Indalecio que se andara con tiento, porque uno de estos champiñones silvestres es tóxico y puede terminar inconscientemente en el cesto. Concretamente, el Agaricus xanthodermus. Tiene este champiñón un desagradable olor a yodo que le delata y amarillea visiblemente al roce; hay otras especies que también amarillean, pero estos tienen un penetrante olor anisado y son comestibles. Se le pusieron las orejas como a los podencos cuando en una ocasión tuve la oportunidad de mostrárselo. Basta una sola de estas setas para estropear un guiso y ponerte las tripas del revés.




Otras especies comestibles son igualmente interesantes, pero hay que esperar a noviembre para que afloren con intensidad. A lo largo de este mes se dan las condiciones más propicias para los hongos y se generaliza su recolección en los ecosistemas mediterráneos. La lista es innumerable. Solo hay que asomarse a las tiendas especializadas para dar fe de ello.



Una de las setas más llamativa por su espectacular tamaño espera a las persistentes aguas otoñales para brotar. Cuando las nieblas se agarran a nuestra sierra la podemos encontrar en los linderos y bordes de camino, aunque también tiene cierta predilección por los bosquetes de alcolitos. Si la mayoría de las setas tiene forma de sombrilla, la Macrolepiota procera, que a este nombre atiende, parece literalmente un paraguas. ¡Hasta 30 cm de diámetro puede medir su sombrero! También llamada parasol o matacandil, en su primera fase de desarrollo, curiosamente, tiene la forma de una maraca. Empanada o rebozada, está exquisita.




Pero en una comarca sembrada de pinos como la nuestra, sin duda la seta más conocida y recolectada con fines comerciales es el Lactarius deliciosus o níscalo. Asociada al pino, con el que micorriza, es una de las pocas comestibles de esta familia. En estas mismas fechas aparece otra muy conocida bajo las encinas formando curiosos “corros de brujas”. Se la distingue por el llamativo aspecto violáceo o azulado de sus láminas y, a falta de otras setas de mayor calidad, la Lepista nuda o piel azul, que así se llama, también tiene sus partidarios.



No puedo cerrar esta breve introducción al fascinante mundo de la micología sin hacer referencia a su cara más inquietante. Las cualidades culinarias de los hongos son indiscutibles y sobradamente conocidas por todos, pero una mala identificación puede ser fatal. No hay año sin intoxicaciones y, en el peor de los casos, el error puede ser mortal. En la mayoría de las muertes por intoxicación interviene una especie llamada Amanita phalloides. Así la conoce la ciencia, pero tiene otros nombres muy descriptivos que hacen referencia a su toxicidad. La oronja verde o cicuta verde es la primera seta que todo setero debería conocer, especialmente sus variedades blancas, como la virosa y la verna. Hay que recalcar que el parecido de esta especie con un champiñón en su primera fase de desarrollo puede confundir a un neófito. Sobra decir las consecuencias que puede acarrear un error de identificación. No entraré en detalles de su letal toxicidad, pero una sola de estas setas nos puede matar.




Para acabar, no quiero olvidarme de una de las setas más bellas y conocidas de nuestros bosques: la Amanita muscaria. Tóxica como otras muchas amanitas, se la conoce como falsa oronja o matamoscas y su toxina, la muscarina, actúa como un potente alucinógeno. Está igualmente presente en los bosques que arropan las umbrías y valles de nuestra Sierra de Mirabueno y Villares. El llamativo color rojo de su sombrero adornado de motas blancas la hace inconfundible, pero en un improbable caso de confusión, su ingesta no nos dejará el hígado hecho foie gras.




Con esta modesta descripción solo me he asomado superficialmente al inabarcable mundo de la micología, sin otra pretensión que mostrar uno más de los muchos atractivos que posee nuestro pueblo y nuestra comarca. Desde aquí os animo a que la descubráis, a que la disfrutéis y la saboreéis. ¡Y recordad¡ Todas las setas se comen, pero algunas solo una vez.


                             Entoloma lividum junto a un ramillete de mycenas.


                                                                                                                     “El Observador”









sábado, 15 de marzo de 2025

Dibujos de aves de la Siberia( 3ª entrega)

 


DIBUJOS DE AVES


          En esta tercera entrega, nuestro socio y naturalista, Jesús Manuel García Luengo, nos obsequia, para regalo de nuestros ojos, otra serie de dibujos, fotografías parecen, de aves que podemos encontrar en nuestro entorno de Garbayuela y por toda la comarca de La Siberia

          Que disfrutéis de su contemplación.

          Las dos entregas anteriores de dibujos de aves, se publicaron, en este mismo blog y en la sección El Observador, los días 14 de febrero  y 31 de marzo de 2023.

Águila imperial ibérica (Aquila adalberti)

Águila imperial ibérica; inmaduro (Aquila adalberti)


Búho real (Bubo bubo)

Cernícalo Primilla (Falco naumanni)

Chotacabras cuellirojo (Caprimulgus ruficollis)

Gavilán ( Accipiter nisus)



Gavilán ( Accipiter nisus )
Pajarillo: Herrerillo común ( Cyanistes caeruleus )
Mariposa: Podalirio ( Iphiclides podalirius )

Pajarillo: Padillo común ( Carduelis cannabina )
Ranita de San Antonio ( Hyla arborea )

Jilguero ( Carduelis carduelis )

sábado, 4 de mayo de 2024

LAS MESAS DEL GUADALEMAR

9-4-2024 LAS MESAS DEL GUADALEMAR. GARBAYUELA.

      Quien no ha visto una dehesa en abril no sabe lo que es una primavera. Las intensas lluvias de marzo han aportado al campo una vitalidad que ya casi habíamos olvidado. Abruma el exuberante tapiz de hierba que arropa el empapado suelo del encinar. En su innumerable diversidad, cada planta, cada arbusto, luce florecillas de caprichosas formas y colores que se combinan sobre el verde lienzo con el arte que solo el virtuoso pincel de una dehesa sabe pintar. 

      Y hablando de diversidad, ya están aquí recién llegados de sus cuarteles africanos la respetable lista de pajarillos migradores que busca refugio y sustento en las dehesas. Ruiseñores, oropéndolas, alcaudones comunes, cucos, tórtolas europeas… exhiben sin recato sus amoríos envolviendo el aire tibio con su variado repertorio de notas musicales. Avecillas del terreno como mirlos y mojinos comienzan a incubar en sus elaborados nidos y otras más tempraneras, como los jilgueros y herrerillos, ya embuchan a la nueva generación, que no tardará en dar sus primeros vuelos. 

     Todavía no ha decantado el Guadalemar los sedimentos que la generosa lluvia arrancó a la tierra y discurre brioso entre la espesa vegetación que se abraza a sus orillas. Un aspecto más aseado muestran los cristalinos arroyos y regatos que bajan cantarines de las fragosas laderas de Las Mesas para vaciarse en sus lodosas aguas. 
     Sin rumbo fijo, no era poco lo que iba espantando a mi paso. Si un lagarto rabón acaparaba momentáneamente mi atención cuando huía despavorido entre mis patas, también despertó mi curiosidad el sigiloso metro de culebra de herradura que se soleaba sobre una lastra. Del espinoso tamujar que envuelve al río no acababa de salir de su encame lo que parecía ser algo de enjundia, a razón del monte que removía en su alocada carrera. Finalmente apareció cortando mi camino un ágil vareto al que le bastaron cuatro saltos para hacerse invisible.
     Medir prudentemente cada paso recomendaba el envolvente herbazal que por momentos se me enroscaba en la cintura. A pesar de los continuos tropiezos y resbalones, no descuidaba lo que se movía en la bóveda de la dehesa, esa infinita atalaya en la que siempre hay alguien acechando. 
                                                                                                                           

 Allí, en las alturas, descubrí casualmente a uno de estos centinelas alados. 
 Pateaba el quebrado curso del arroyo de La Fuente Seca cuando la poderosa silueta de una rapaz proyectaba su temerosa sombra sobre los carrascos. Me faltó tiempo para ponerle nombre y apellidos con la inestimable ayuda de la potente lente de los prismáticos: ¡un águila imperial! Un pajizo, en el argot pajarero, cuando nos referimos a un joven de la especie. Mejor dicho, el pajizo, porque no es la primera vez que le sorprendo escrutando este vasto territorio. Desde hace dos años vengo siguiendo sus andanzas y se ha convertido en el personaje más exótico de la variopinta avifauna local. Desafiante en la copa de un carrasco, sembrando el pánico en la colonia de cigüeñas que anida junto al puente, o rodeado de buitres, a los que acompaña hasta los cercones aledaños al pueblo para rebañar alguna migaja de las carroñadas, su majestuosa estampa no pasa desapercibida. 

     Curiosamente, se vio envuelto en una trifulca que protagonizó la aguerrida pareja de águilas perdiceras del territorio. 
     Nunca faltan cuervos cuando hace acto de presencia una gran rapaz. Es como si las olieran. Pero estos “inteligentes” córvidos también son motivo de hostilidad y rechazo allí donde se hacen presentes. Son los gamberros del barrio y su conflictiva reputación está más que acreditada. En cuanto vieron a la joven imperial comenzaron a hostigarla, pero no contaban con la presencia de las agresivas perdiceras que aparecieron  por sorpresa para limpiar el espacio aéreo. Haciendo un picado desde la otra punta de la comarca, no tuve claro cuál era su objetivo. Probablemente los cuervos, pero las he visto atacar con saña a buitres y águilas reales, así que la joven imperial, con buen criterio, se dio por aludida y en un par de giros se plantó en la “estratosfera” para librase de la amenaza. Los bravucones cuervos soltaban lastre y hacían garabatos en el aire para zafarse del furibundo ataque de sus perseguidoras. Todavía deben estar recuperándose del susto.

 Si es interesante todo lo que corre, repta y vuela en el reino de la encina, no lo es menos el espectacular mosaico de flores que crece a sus pies. Entre el variopinto elenco de plantas abrileñas, destaca por su singularidad y cautivadora belleza las orquídeas.  

Es muy extensa la familia de las orquídeas ibéricas y las hay de formas complejas y colores diversos, todas ellas de gran belleza, aunque yo solo he localizado tres especies en las zonas más propicias de la ribera del Guadalemar y en algunos arroyos que se vierten en sus aguas. En contadas ocasiones he tenido la oportunidad de toparme con estas discretas plantitas en primavera, pero siempre que he tenido la suerte de dar con alguna, llaman inmediatamente mi atención y lleno el morral con una buena carga de fotos. Sin entrar en descripciones técnicas, cabe destacar que estas plantas están entre las especies más numerosas y evolucionadas, llegando a imitar la forma de los insectos que las polinizan, emitiendo, incluso, seductoras fragancias para engañarlos. Por su espectacular inflorescencia, de un intenso color púrpura, quizá las más bonita que encontramos en

 puntos muy localizados de Garbayuela es Orchis papilonacea; entre las que imitan la forma de una abeja Ophrys tenthedrinifera es la más común; algo más abundante en determinadas zonas encharcadas es la Serapia lingua, aunque es igual de llamativa por la peculiar forma de su flor. Tan bellas como efímeras, si se dan las condiciones, apenas nos deleitan con su espectacular floración unas semanas. Reducidas a un tubérculo en la época más desfavorable, no las volveremos a ver hasta la siguiente primavera.
 
Caía la tarde cuando llegué a la quebrada ladera que se yergue sobre el Charco de los Curas, oculto bajo las aguas hasta que el estío lo arranque del río. Contemplando el bellísimo paisaje envuelto en melodías de ruiseñor, recordaba con espanto el pasado mes de abril sin primavera, porque si la hubo, fue en el calendario. No deja de asombrarme la capacidad de regeneración que tiene esta tierra, de su generosidad y de su férrea resistencia a los extremos. Tierra sufrida en calma agradecida, donde hace un año solo había polvo y lamentos, hoy nos regala su abundancia y bulle gozosa de vida.


                                                                                                                  “El Observador"

                                                                                                        (Jesús Manuel García Luengo)

sábado, 30 de diciembre de 2023

Olivos milenarios

Acabando el año 2023 y en plena campaña de recogida de aceituna en Garbayuela, traemos este relato del Observador, Jesús Manuel García Luengo, en el que nos enseña otro atractivo mas, de nuestros parajes con encanto, que rodean a Garbayuela. Aparece una pequeña muestra de estos majestuosos ejemplares de olivos sobre los que descansa el autor, en su deambular constante descubriendo y dando a conocer el rico patrimonio natural de nuestro entorno.   


 NAVIDAD 2023

El OLIVAR MILENARIO.


Acoge en su falda la Sierra de Mirabueno un majestuoso bosque creado por hombres que sabiamente supieron modelar con habilidad su entorno natural para domesticar la tierra. Pudo haberse transformado en una veteada dehesa de encinas y alcornoques para no desentonar con el paisaje dominante, pero aquellos antiguos pobladores prefirieron sacrificar la bellota por los montaraces parientes del olivo. Amante de las tórridas solanas, el acebuche o azuche, como lo conocemos por estos contornos, templado por el estío y el hielo, medra vigoroso entre la leñosa e impenetrable maraña vegetal como siempre lo hizo su agreste estirpe. En su rusticidad y capacidad para bregar con los rigores de un clima extremo, vieron aquellos agricultores una oportunidad para propagar la preciada versión cultivada de este árbol y fundieron con maestría ambas especies, consiguiendo lo mejor de cada una. Hoy, aquellos espigados azuches injertados hace centurias, lucen soberbios sus monumentales troncos resquebrajados por los avatares del tiempo y las heridas que nunca cicatrizaron.

Desordenadamente ordenados, los vetustos olivos no pasan desapercibidos a los pies de la sierra. Ascendiendo por las bellísimas callejas empedradas y flanqueadas por toscas paredes de piedra, los azuches que crecen en los linderos se entrelazan formando envolventes galerías por la que discurren los ancestrales caminos que dan acceso a cercones y olivares.


De las robustas ramas que asoman a estas callejas se descuelgan ramilletes de
entresinadas aceitunas con formas y tamaños diversos, incluso en un mismo árbol. Llaman especialmente la atención las más gruesas y carnosas, conocidas como juriegas o huriegas, nombre vernáculo del que no hay referencia escrita. De esta variedad están muchos de estos añosos acebuches injertados por el tamaño de su fruto, muy apreciado para consumirlo endulzado y aliñado. Pero no descuidaron aquellos habilidosos campesinos la principal cualidad del fruto oleoso y procuraron cultivar variedades con mayor rendimiento graso para abastecer sus alcuzas. Aquella rica diversidad se ha mantenido inalterable hasta nuestros días y de las ramas de estos antiguos olivares siguen colgando aceitunas que atienden a nombres como corniche, verdial, limoncillo, avellanilla, manzanilla, juriega, entre otras, que son recolectadas y amontonadas en las almazaras sin distinción.

De este a oeste de la sierra se solapan parajes con nombre propio, sin límites aparentemente definidos, que hacen referencia a particularidades de naturaleza diversa. Nunca sabes con certeza dónde empieza uno de estos enclaves y dónde acaba otro cuando los recorres a pie. Solo las intrincadas callejas que se reparten este territorio parecen establecer ciertas referencias y cierto orden en las difusas lindes. Hacia oriente se tiende fragosa y quebrada la sierra hasta La “Joya” del Valle; a media falda se desparraman desigualados los olivares de La Viña entre bellos cercones adehesados y linderos, comunicados por angostas calles y sinuosas veredas. En estos suelos profundos hunden sus raíces algunos de los azuches más imponentes. En La Hoya, ubicada por cima del lavaero, se encuentra discretamente enclavado uno de estos enormes ejemplares. Su formidable tronco sostiene una proporcionada arboladura, menguada por las rigurosas y continuas podas que impiden que estos árboles adquieran gran altura. Aun así, el porte de este acebuche injertado es soberbio. Con sus 4.5 m de perímetro a 1.30 m del suelo, al que habría que añadirle un metro más de peana, destaca imponente sobre los no menos impresionantes pies que crecen en estos olivares.


Entre La Viña y El Cerconazo quedan las difusas Entreviñas. Sin majanos ni referencias que las sitúen sobre el terreno, me da la sensación de que sus límites los dispone el ojo y el criterio del que las pisa. Se yerguen en este enclave tres buenos “mozos”. Uno, solitario, situado en un cercado de piedra próximo a la calleja, destaca como una torre sarracena en mitad de un baldío. Los otros dos, imponentes, descomunales, se agarran al suelo del olivar con troncos que alcanzan los 5.5 m de perímetro y una vara más de añadidura si se tallan por la cepa.

Rumbo al poniente traspongo los alineados olivares de El Cerconazo, Olea europea mayoritariamente, para hollar los impresionantes aceuchales que hermosean la falda de la sierra. Desde los cercones más próximos al pueblo hasta las callejas que ascienden a Las Majadillas y El Castillo, los enormes acebuches comparten cuartel con no menos enormes carrascos. Otros se asoman desde las lindes entreverados con estos o ascienden adehesados por las laderas. Injertados con diversas variedades de aceituna, lucen majestuosos sobre un suelo que el glifosato se encarga de mantener limpio de pasto todo el año. En las cercas ganaderas son las merinas las que hacen el mismo trabajo con igual eficiencia y sin efectos secundarios. Dos olivos de enjundia despliegan su descomunal porte en uno de estos cercones. Añosos como catedrales y con leña como para pasar un invierno, las profundas grietas de sus colosales troncos cuentan la historia de un pueblo que renació sobre los cimientos de otro.

Los restos desmenuzados de la cumbre cuarcítica de la sierra es la barrera natural que frenó al acebuche domesticado, pero las quebradas pedrizas no fueron impedimento para crear y modelar el aceuchal allí donde la piedra no embozó la tierra. A medio camino de Las Majadillas se extiende este soberbio bosque de árboles más que centenarios, probablemente el más vetusto y hermoso de la comarca. Abigarrados, entre El Olivar y el Olivar de Salas se reparten buena parte de esta formidable colección de olivos monumentales. Caprichosamente esculpidos, los enormes troncos retorcidos, cuarteados, huecos, revelan las profundas heridas de su larga existencia y no son pocos los que se aferran a la tierra por el vigoroso hilo de vida que el paso de los siglos aún no ha podrido. La inmortalidad no parece un misterio cuando contemplo a estos ancianos que han sobrevivido hasta nuestros días desafiando al filo del hacha y a los inmisericordes embates del tiempo.

Quebrados en dos y tres brazos, acarreados unos o emplazados a su antojo otros, los retorcidos olivos trepan por la falda hasta donde la pendiente y la piedra les frena. El aspecto general del desordenado olivar es soberbio, como soberbia es la estampa de otra pareja de impresionantes olivos que bien pudieran ser “quintos”. Quiso el diestro injertaor que uno fuese juriego y avellanillo el otro. Ambos, de hechuras formidables, lucen robustos y lustrosos troncos de 5.5 m de perímetro, aproximadamente, al que hay que sumar otro metro de pedestal, por si fuera poco. Contemplando sus dimensiones, sobrecoge pensar que las dehesas más viejas del lugar probablemente eran un chaparral cuando estos olivos ya eran vareados.

Recientes estudios sobre olivos milenarios afirman que lo son aquellos que superan los cuatro metros y medio de perímetro. Este parece ser un indicador que determina la solera de estos excepcionales árboles, declarados monumentos naturales o singulares en muchos pueblos de gran tradición olivarera. Para llegar a esta conclusión se ha desarrollado una metodología no destructiva que permite calcular la edad de olivos ancianos mediante un modelo matemático que relaciona la evolución de variables como el perímetro, diámetro o radio medio de un conjunto de árboles que se han desarrollado bajo el mismo ambiente. Si nos guiamos por las estimaciones de este método de datación, no cabe duda de que nuestros viejos olivares acreditan sobradamente su milenaria condición. Mérito al que han contribuido sin distinción de lengua y credo tantas y tantas generaciones a lo largo de la historia. Justo reconocimiento merecen aquellos campesinos musulmanes que cultivaron como suya esta tierra. A ellos debemos que este valioso legado natural haya perdurado durante siglos, como agradecimiento debemos a todos aquellos depositarios que con su esfuerzo y dedicación han conservado y mimado hasta nuestros días este majestuoso olivar milenario.


“El Observador”