7-7-2020 GENOVEVO.
Mediado el mes de agosto, escribiendo estos renglones me pregunto qué será de Genovevo. Así es como bautizamos al cernícalo primilla que casualmente encontramos en una calle de Siruela un caluroso día de julio. Vigoroso y lleno de vida, no puedo imaginarlo de otra forma que no sea volando libre junto a otros de su especie que seguramente corrieron la misma suerte. Después de completar su desarrollo en las mejores manos, estará contando los días para acometer el largo viaje que le llevará a tierras africanas. Caprichoso fue el azar cuando lo puso en nuestro camino, si ese era su destino, le dio otra oportunidad.
La historia de Genovevo no es otra que la de cientos o miles de animales extraviados, huérfanos o heridos que quedan desamparados cada año. Quiso la casualidad que nos encontráramos con él en una estrecha calle que accede a la plaza de Siruela, junto al convento de La Purísima Concepción. Desorientado, permanecía en el suelo a merced de los vehículos y los peligros que siempre están presentes en el entorno urbano. Rápidamente me bajé del coche para recogerlo. Aparentemente no presentaba lesiones y se encontraba en perfectas condiciones físicas. Lo más probable es que hubiera caído de algún tejado u oquedad, empujado por los hermanos mayores o por el espantoso calor de estos días. Tuvo suerte, porque el golpe tuvo que ser considerable. Generalmente, el ambiente que se respira en los nidos no es tan pacífico y acogedor como cabría esperar. La competencia por el alimento es despiadada y en no pocas ocasiones los pollos más desmedrados lo pagan con su vida o son expulsados sin contemplaciones.
Mientras volvíamos a casa nos preguntándonos por el camino qué íbamos a hacer con el polluelo, aunque lo recomendable en estos casos es ponerse en contacto con un centro de recuperación de fauna salvaje, y esto hicimos. Para estos menesteres no hay mejor referente en la provincia de Badajoz que la acreditada ONG para la conservación de especies silvestres AMUS (Acción por el Mundo Salvaje), con sede en Villafranca de los Barros, pero amablemente nos comunicaron que hasta otro día no podían desplazarse para recogerlo.
| (Foto: Jesús M. García Luengo) |
En un primer momento tenía dudas respecto a la especie del polluelo. Un cernícalo era, no había duda, pero hay que tener en cuenta que el cernícalo primilla y el vulgar suelen coincidir en el mismo hábitat. Sin otra referencia, el color de las uñas es un rasgo orientativo que puede servir para hacer una correcta identificación cuando los polluelos aún tienen plumón, pero hasta este detalle era confuso: si negras las tienen los vulgares y blancas los primillas, las uñas de Genovevo eran indefinidas.
El tierno polluelo pasó toda la tarde con nosotros y buena parte de la mañana haciendo gala de un carácter confiado y curioso que nos cautivó. Incluso se embauló media salchicha de pollo, cuando lo normal es que no hubiera probado bocado.
El polluelo pasó la noche sin novedad y se levantó muy espabilado. Recadeó en el buche otra ración de salchicha y estuvo de mano en mano hasta que vinieron a recogerlo a mediodía. Cuando le expliqué las incidencias y mis razonables dudas a Antonio, el responsable de AMUS que se encargó de su traslado, nos comentó que la docilidad y el apacible carácter del cernícalo primilla es una pista relativamente fiable para diferenciarlo del temperamental vulgar cuando son polluelos. En cuanto se lo mostramos, no lo dudó.
Y así comenzó y terminó nuestra corta pero intensa relación con Genovevo. Un intrépido viajero, un primilla descarriado, que quiso volar muy lejos y cayó desde un tejado.
“Existir como ser humano continúa siendo para mí un enigma, pero este enigma está para mí más claro, es más rico y más habitable al entrar en contacto con esos enigmas que son los demás seres vivos” (Babtiste Morizot).
“El Observador”

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