Con el comienzo de una nueva estación , nos trae "El Observador", ( Jesús Manuel García Luengo ) unos extractos de sus relatos de primaveras de años atrás.
RETROSPECTIVA
PRIMAVERAL.
Revitalizada
y agradecida, la tierra castigada por las veleidades de un clima
imprevisible al que le sobran la mitad de las estaciones, se muestra
esplendorosa, con ese añorado aspecto que lucían las exuberantes
primaveras antiguas, de las que queda poco más que un polvoriento
recuerdo en la memoria ("El Observador"; 18/4/2018).
La
inestabilidad meteorológica se ha instalado estas fechas en forma de
persistentes y virulentas tormentas que descargan agua como si la
tiraran a cubos allí donde se hacen fuertes. El ambiente,
fresco y desagradable en ocasiones, así como tórrido cuando el sol
de mayo asoma la “gaita” entre los cárdenos nubarrones, es tan
imprevisible, que a lo largo del día tan pronto te sobra la manga
larga, como te hace falta ("El Observador"; 19/5/2018).
Pese a la falta de precipitaciones, las dehesas agradecen los
puntuales chaparrones primaverales y se muestran verdes y
exuberantes. ¡Qué poco necesita el austero reino de la encina para
mostrar su mejor cara! A pesar de las bajas temperaturas y la medida
humedad que receta la climatología por estas latitudes, impresiona
desparramar la vista y contemplar la espectacular floración de
jaras, cantuesos, aulagas y retamas que engalanan y perfuman las
umbrías y solanas ("El Observador"; 20/4/2021).
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| Paraje: Tablacorta. (Foto: Jesús M. García Luengo) |
Verde
que te quiero verde, verde viento, verdes ramas… Con
estas pocas palabras podría describir sin equivocarme cómo se
presenta la todavía joven primavera. El viento mece la exuberante
dehesa que comienza a teñirse de intensos colores, realzando aún
más si cabe el tapiz esperanza que generosamente cubre la tierra
mojada hasta donde se pierden los sentidos ("El Observador";
7/4/2010).
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| Paraje: Tablacorta (Foto: Jesús M. García Luengo) |
Pasado
el inestable mes de marzo, la primavera hace acto de presencia
con tal fuerza, que sufrimos estos días con incredulidad y
resignación la subida del termómetro hasta unos insoportables 30º.
¡Qué calor!
Entrado
abril, las dehesas lucen hermosas a la espera de la explosión floral
que transformará el manto verde en un precioso y singular mosaico.
Es difícil enumerar y describir la extraordinaria variedad de
plantas que florece al abrigo de las encinas, que estos días exhiben
primorosas sus dorados amentos. Tonos amarillos, blancos, morados,
rojos… se entremezclan en la alfombra multicolor que pisa la
protectora dehesa. Regada por borrascas atlánticas, majadeada por la
merina y caldeada por un sol generoso, se viste de gala estos días
para disfrute de nuestros sentidos; limitados, quizá, para asimilar
tan extraordinaria y perturbadora belleza ("El Observador";
8/4/2014).
La primavera se ha hecho presente y con ella todo el despliegue de
efectos y acontecimientos a los que indisolublemente está unida. Si
estos días las calles suenan a marchas procesionales de
tambores y cornetas, la ribera del Guadalemar suena a dulce música
de carboneros y ruiseñores ("El Observador";
9/4/2017).
Las dehesas están esplendorosas. Verde y exuberante, el majestuoso
reino de la encina ofrece estos días su mejor cara. Tierra
agradecida donde las haya, han bastado unas irregulares lluvias de
abril para convertir el deslucido paisaje en una alfombra multicolor
de matices y aromas diversos. Es tiempo de renovación y amoríos.
Cucos, tórtolas viajeras, ruiseñores y oropéndolas cantan sin
cesar hasta las últimas luces. El turno de las ranitas arborícolas
comienza entonces su trepidante sonata. En primavera no existe el
silencio. Las dehesas estos días no callan. Las avecillas incuban
sus puestas y la encina se viste de gala ("El Observador";
30/4/2016).
¡El
agua nos sale por las orejas! Desde la nevada del día 28 de febrero
no ha dejado de llover con más o menos intensidad y el agua se
derrama briosa buscando los albañales. El campo, inundado, es
incapaz de absorber una gota más. Ríos, arroyos, regatos y pantanos
están a tope; aventados, como se suele decir por estas tierras. Hace
muchos días que llueve sobre mojado, y lo peor, o lo mejor, según
se mire, es que las previsiones meteorológicas dicen que va a seguir
lloviendo.
Con
los niveles de agua garantizados, la primavera que se barrunta pinta
tan espectacular como amenazadora para los alérgicos y los
fervorosos cofrades, que miran al cielo temerosos, contando los días
que quedan para una Semana Santa que está a la vuelta de la esquina.
Por la parte que me toca, porque religioso no soy, lo llevaré con
resignación, aunque mi penitencia no es cualquier cosa ("El
Observador"; 17/3/2013).
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| Paraje: Orilla río Siruela (Foto: Jesús M. García Luengo) |
Los
tonos amarillos comienzan a imponerse en las dehesas anunciando el
cambio de ciclo que inexorablemente se hará dueño en los próximos
meses. El aroma dulzón de las retamas en plena floración perfuma la
brisa cálida de mayo tardío y la bella Digitalis
pone el punto de color allí donde la dehesa se quiebra. La incesante
melodía de la oropéndola evoca tierras lejanas y la perdiz arropa a
los pollitos que hoy presentó a la primavera. Pajarillos nuevos
reclaman atenciones a cada paso; un conejillo huye asustado del
tamujo haciendo dibujos y la cigüeña negra, siempre majestuosa, me
sobrevuela indiferente al ciento largo de buitres que se dan un
festín en la loma pelada. Huele a tomillo, a jara, a cantueso, a
tierra mojada; la dehesa bulle de vida; la dehesa no puede estar más
guapa
(“El Observador”; 30/5/2011).
Restalla
un lamento en los desolados campos y dehesas donde se cuece el pan
que los artesanos de la tierra llevan a la mesa. Agricultores y
ganaderos, olvidados por las veleidades de un clima sin conciencia y
olvidados por quien debería tenerla, miran con desasosiego al cielo
y solo reciben su desprecio, cuando nadie como ellos cuida y mima la
tierra. Mientras tanto, san Isidro no da abasto estos días para
atender a las plegarias de una devota feligresía que lo trasiega en
andas por unos secarrales que ni los más viejos han conocido. Aunque
algo más que ruegos y plegarias al santo hacen falta para cambiarle
la cara al paisaje asurado por las espantosas temperaturas de un
rabioso sol agostizo (“El Observador”; 16/4/2023).
Hubo
primavera, me dijeron, y las dehesas lucieron hermosas gracias a las
generosas lluvias que empaparon la tierra durante buena parte del mes
de abril, incluso mayo.
Verde en todos sus matices, la vegetación mediterránea de nuestros
montes rebosa vitalidad y muestra un aspecto inmejorable. ¡Qué bien
huele el aire de las mañanas veraniegas! Impregnado de embriagadores
aromas, está por inventar un perfume que supere la indescriptible
sensación que produce tal combinación de esencias. A cada paso
respiro ládano, resina, leña seca y hierba tostada, recordando lo
mucho que anhelaba perfumarme de tierra (“El Observador”;
20/6/2020).
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| Paraje: Tablacorta (Foto: Jesús M. García Luengo) |
“El
Observador”