SUBIDA
AL CASTILLO.
Hoy quiero compartir la
experiencia de subir al “castillo” por la senda reabierta
y acondicionada por voluntariosos y decididos vecinos, gracias a los
cuales la subida es menos fatigosa.
Tiene su comienzo en la nueva
pista que va por encima del Cerconazo. Sus ocho escalones delatan su
ubicación.
Y comienza el ascenso: ropa y
calzado apropiados y ganas de disfrutar de la naturaleza.
Después de unas curvas y
contracurvas, entre jaras, olivos, chaparras, retamas y demás flora
autóctona y pisando sobre un suelo firme y limpio de matas, el andar
se hace ligero y no cansa, aunque siempre se va en ascenso.
Antes de los 15 minutos se llega a
una gran roca que, justo a su lado, hay habilitado un asentadero para
un pequeño alto.
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| Asentadero |
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| Roca-mirador |
Subido en esa roca-mirador y
con los pies en conexión con la tierra, inspiro, y dirigiendo la
mirada hacía la derecha, observo el imponente Castillo de la
Puebla de Alcocer, ( si el tiempo acompaña) antigua metrópolis
nuestra y de la que hace siglos nos independizamos, y sus blancas
casas recostadas en su ladera, mientras exhalo el aire cálido de mis
pulmones.
Inspiro, girando levemente la
cabeza a la izquierda, enviando mi aliento a lo que parece un montón de grano y que no es otro que
el Cerro Masatrigo, majestuoso en su aislamiento y, como dato
curioso, su base conforma la mayor rotonda de España. Y en su cima
se halla una libreta, quien corona puede dejar escrito su
sentimiento. Está dentro de una caja que la preserva de las
inclemencias del tiempo.
Inspiro, y a la vez que dejo salir
mi aire del interior, muevo un poco la cabeza, hacia la izquierda, y
me topo con una pariente lejana, muy lejana, nos unen nuestros
nombres, acaban los dos pueblos en -uela, delatan nuestro origen,
Garbayuela y Siruela.
Inspiro, y dirijo mis ojos hacia
la izquierda y al expirar el fluido interno, estoy ayudando a Eolo,
dios griego de los vientos, que sigue modelando Las Mesas, a
la espera de que los otros dioses quieran sentarse a compartir
viandas y experiencias.
Inspiro, y con un mínimo
movimiento hacia la izquierda, vacío mis pulmones mientras mi vista
resbala por la redondez del Morro de Tamurejo llegando hasta
sus casas, que se acogen a su protección.
Inspiro, y derramo mi visión por
todo un mar lleno de encinas, olivos y pastos que hacen que me sienta
acunado, mientras el susurro de sus voces verdes, amarillas, y otras
tonalidades, me dicen que estoy en una Reserva de la Biosfera.
Termino de vaciar mi interior para volver a llenarlo de aromas
naturales.
Inspiro, y poso mi mirada en el
conjunto de casas blancas, a la vez que el sol saliente va peinando
sus tejados dándoles ese color rojizo, mas o menos intenso, según
edad, mientras su calidez envuelve al pueblo, a sus gentes, con sus
ilusiones y algún que otro fracaso, de esa forma que sólo sus
rayos, suaves y acariciadores penetran en nuestra piel con total
confianza y de manera tan sensual. Expirando suavemente, fijos mis
ojos en el conjunto de casas y calles que me traen tan buenos y
gratificantes recuerdos.
Es mi pueblo, es Garbayuela
y además me gusta ¡¡¡que le voy hacer!!!.
Según el tiempo que haga se
pueden divisar mas pueblos y sierras.
Reanudo mi ascensión hacia “ el
castillo” por el sendero tantas veces transitado por los
antepasados que cuidaban de estos olivares, hoy perdidos de monte.
Tras una prolongada subida llego
hasta el punto donde una senda menos marcada, pero visible, se pierde
a la izquierda, mientras la senda de ascenso sigue bien señalizada
por una flecha verde.
Hago un alto aquí, porque esa
senda que se aparta de la principal conduce a un olivar de quien es
uno de los principales “ingenieros” que han hecho posible que
esta senda esté habilitada y limpia de estorbos para beneficio de
todos. Es Julián Millán. Persona meticulosa y detallista,
artífice, en gran parte, de hacer el ascenso mas cómodo con la
colocación estratégica de escalones. En su olivar, que está
limpiando, en homenaje a sus padres, se halla el solitario y
majestuoso pino que desde el pueblo se ve a media falda de la sierra.
Desde aquí mi reconocimiento a su labor, extensible a quien, junto a
el, participa activamente en este proyecto.
Tras una ascensión de unos cinco
minutos entre los asiduos acompañantes: olivos, carrascos, alguna
retama, alcornoques, jaras y diversas especies mas.
Llego al punto donde, girando a la
izquierda, llevaba al “castillo” la antigua senda, pero los
“ingenieros” han acondicionado, mediante escalones, el acceso al
“pilar de los moros”,
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| Pilar de los moros |
en esta época seco, su entorno en
primavera, tras las lluvias, es una explosión de verdor y aromas,
resbalando el agua por las paredes de la roca, que conforma en su
base un pequeño pilar. Zona apta para realizar un alto en la
ascensión y contemplar el paisaje que se extiende ante mi.
A partir de aquí sigue la senda,
delimitada por unos montoncitos de piedra,
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| Piedras señalizadoras |
a la izquierda
mientras que a la derecha las rocas esperan sedientas las lluvias
para convertirse en cortinas acuosas.
Al poco llego a una zona llena de
piedras amontonadas, pero sin ningún problema para atravesar esa
pedriza, gracias, una vez mas, a los dos “ingenieros” que
mediante la señalización a ambos lados del camino con montones de
piedras y el asentamiento de otras en el suelo, hacen muy fácil el
tránsito hacia adelante.
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| Comienzo de la pedriza |
A los 6-7 minutos, de iniciada la
marcha por la pedriza y al lado derecho observo los restos de lo que
parece haber sido un chozo, posiblemente de pastores, su
pared en redondo parece así indicarlo. Lo contemplo y me hago la
idea de cómo de dura era la vida en aquel tiempo, no tan lejano.
Prosigo el andar en busca de la
cumbre entre grandes rocas y pequeños montoncitos de piedra puestos
estratégicamente para orientar a quien anhela hacer cima.
Llego a un punto en que parte, a
la izquierda, una senda que lleva al “corral del tío Ramón”,
pero que hoy no voy a recorrer.
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| A la izquierda al corral del tio Ramón, a la derecha al Castillo |
Sigo el sendero, a la derecha, y
comienzo a ver y sentir indicios que me dicen que estoy próximo a
la cima. Va desapareciendo la vegetación y comienzan a mostrarse las
rocas en su amplitud; caminando sobre ellas y entre las señales que
me indican que voy por el buen camino, llego a la cima. Aunque el
sendero continúa hasta adentrarse en el “poblado”, y
sigue entre restos de construcciones, visibles en su poca altitud sus
paredes, lleno de monte, se adivina que en algún momento y en época
lejana, estuvo habitado.
Lo que aquí arriba hay es para un
examen y una descripción mas detallada y que este pequeño artículo
no abarca.
La visión panorámica que desde
esta altura se contempla es simplemente grandiosa. Cada persona que
llegue aquí sentirá emociones diferentes.
Mi sensación es haber realizado
un camino que finaliza en un “castillo”. Un “castillo” muy
peculiar, no tiene muros, ni almenas, ni torre del homenaje, ni fosos
disuasorios. Es un “castillo” abierto, en el que caben todos, al que
se accede sin dificultad, en el que nadie es forastero, que no se ve,
pero que se siente. Es el “castillo” que quien llega a el lo hace
suyo y el “ castillo “ se entrega llenando de felicidad y
regalando visiones, que, según que época del año sea, es variada
en sus colores y olores.
“ He subido al castillo”
es una frase que a menudo se oye en Garbayuela. Y desde hoy,
para mi, y en homenaje a los antepasados, que así lo denominaron, EL
CASTILLO, es en mayúscula y sin comillas. Alguien me dirá
que no es cierto que exista ese CASTILLO. Mentirijillas hay muchas,
recuerdo una sobre un pueblo de Cantabria, de la que dice un refrán:
“el pueblo de las tres mentiras: Santillana del mar, que ni
es santa, ni es llana ni tiene mar.” (por cierto ciudad muy hermosa
y con mucha historia )
EL CASTILLO de
Garbayuela estar, está, verse no se ve, pero sentirse........
Justo
Para Agenjo