Presentamos una nueva vivencia, por estos parajes de Garbayuela, de nuestro colaborador Jesús García Luengo. A pesar del tiempo transcurrido, esa viencia vuelve a ocurrir año tras año. Agosto es así y este año no va a ser distinto.
27-8-2012 CHARCO DE LOS CURAS. RÍO
GUADALEMAR
Contando los días que restan para
pasar una hoja más al calendario, no echaremos de menos ni uno solo
del espantoso mes de agosto, que nos deja sin ninguna prisa y
temperaturas extremas.
El día anterior me di una vuelta por
lo poco que queda de río, a la altura del puente de las Palomillas.
En estas fechas ya se pueden ver los primeros pájaros migradores,
que andan afanados de allá para acá atiborrándose de insectos y
frutillas, alimentos esenciales que transforman en la energía
necesaria para afrontar el largo viaje migratorio. Los papamoscas
cerrojillos no pasan desapercibidos por su número e insistente
reclamo. También se pueden ver mosquiteros, currucas tomilleras y
zarceras alimentándose de los abundantes higos y uvas que maduran
estos días. A media mañana, obligado por el solazo que calentaba
sin piedad, me disponía a entrar en el vehículo con el pensamiento
puesto en el acogedor ambiente de casa, cuando una terna de cigüeñas
negras acapararon inevitablemente toda mi atención.
Finalizada la reproducción, las
cigüeñas negras tienen por costumbre formar bandos integrados por grupos familiares que se reúnen en lo poco que queda de Guadalemar y
Siruela, así como en las colas del próximo pantano de La Serena.
Formados por adultos y jóvenes, en los últimos años he tenido la
oportunidad de observar estas llamativas bandadas sobrevolando el
curso del río para dirigirse a los habituales puntos de alimentación
o a los dormideros donde pasan la noche. Hasta trece cigüeñas
llegué a contar en un grupo la temporada pasada entrando a uno de
estos dormideros, que varió en número en las otras dos ocasiones
que volví a observarlo. Más o menos numerosos, estos bandos
permanecen en el territorio desde finales de julio hasta septiembre,
cuando da comienzo la migración.
Contemplando la majestuosa imagen de
las tres cigüeñas negras elevándose de los últimos charcos que
agosto no se ha bebido, a medida que se transformaban en un punto
apenas distinguible en el cielo, lamentaba no haber podido
fotografiar a estas bellas zancudas en las innumerables ocasiones que
se ha presentado la oportunidad. No obstante, me iba emocionando por
momentos cuando me dirigía a casa “mascando” la idea que hacía
tiempo que me rondaba.
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| Cigüeña negra ( Foto: Jesús García Luengo) |
Si quería fotografiar a la cigüeña
enlutada, no podía desperdiciar la ocasión. Agrupadas y conociendo
sus zonas de querencia, el momento era el más propicio y las
condiciones eran inmejorables, así que decidí montar un aguardo sin
demora. A las siete y media ya me encontraba apostado en la quebrada
ladera del margen izquierdo, con buena visibilidad a uno y otro lado
del río, frente al llamado por el paisanaje Charco de los Curas.
Bueno…, antes tuve que dar las correspondientes novedades a un
veterano ganadero que apareció en la oscuridad por sorpresa mientras
bajaba los trastos del coche. Después de ponernos al día en
intenciones y parentescos, creo que se quedó satisfecho con las
pertinentes explicaciones que le di y me apresuré para estar en el
puesto antes de que amaneciera.
Si hay algo que me gusta del
insoportable verano son los amaneceres. Los colores y la brisa fresca
de la mañana son todo un regalo para los sentidos. No tardé mucho
en detectar los primeros movimientos. Llevaba poco más de media hora
de espera cuando apareció a lo lejos la silueta de la primera
cigüeña. Como intuía, venía de los fragosos montes que tapizan
las solanas que rodean al Collado del Burro (Agudo). Aunque la avisté
a una distancia considerable y tuve tiempo de sobra para ajustar
parámetros, fue en balde, ya que se alejó del cauce por alguna
razón y pasó de largo. Me extrañó mucho que apareciera sola,
cuando en otras ocasiones he visto entrar a este charco un bando
entero. Pese su caprichoso cambio de planes, no la perdí de vista
mientras se alejaba. Afortunadamente, cuando ya pensaba que se me
escapaba la oportunidad, a la altura del puente se cruzó con otra
que venía remontando el río y se dio la vuelta. La casualidad quiso
que entrambas vinieran derechas hacia mi apostadero, donde las estaba
esperando con la cámara preparada para descargar una generosa
andanada de fotos. Sorprendidas por mi presencia, todavía tuve
tiempo de disparar otra ráfaga antes de que se alejaran río abajo
después de sobrevolar el cenagoso charco.
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| Cigüeña negra (Foto: Jesús García Luengo) |
Si bien las condiciones de luz eran
mejorables, ni hecho por encargo el plan hubiera salido mejor. Tal
como lo había previsto, en poco más de media hora había terminado
la faena, aunque decidí continuar en el puesto un rato más
disfrutando de las bellas vistas y el fresco mañanero.
Mientras
esperaba el regreso de las protagonistas estuve distraído con la
variopinta población de aves que se iba concitando en torno al
Guadalemar a medida que se caldeaba el ambiente. Papamoscas
cerrojillos, andarríos grandes, abejarucos, un bonito colirrojo real
y una charlatana aguililla calzada, es solo una pequeña
representación de las interesantes y diversas especies que
desfilaron por el lugar a lo largo de la mañana. Incluso volví a
ver otra cigüeña sobrevolando rauda el cauce seco para dirigirse a
otro charco próximo. La esperé pacientemente hasta mediodía por si
decidía cambiar de aires y se ponía a tiro, pero cuando se presentó
la oportunidad, un conocido vecino del pueblo se hizo presente
hablando a voces con alguien que solo él veía y la cigüeña se fue
por donde vino. Aunque su presencia no podía ser más inoportuna, no
le di mayor importancia. Incluso resultó bastante cómico escuchar
la zaragata que traía mientras descendía al río desde un toril
cercano.
Con la tarea hecha y el sol en todo lo alto calcinando el
ambiente, había llegado la hora de aparejar y colgarse el morral,
que pesaba lo suyo. Una buena carga de fotos en la tarjeta, un puñado
de gratas emociones y un indescifrable monólogo interpretado por
nuestro peculiar vecino, es lo que dio de sí la entretenida mañana
de agosto tardío. Traspuesta la escarpada ladera, no por dejar de
ver al personaje dejé de oírlo, que allí seguía porfiando con sus
misterios.
“El observador