EL CASTILLO-SIERRA DE MIRABUENO.
Sigue lloviendo… Cae la tarde sobre la quebrada sierra del Castillo. El gran duque se despereza y comienza su ritual. Su profunda e insistente llamada amorosa propaga un quejío entre olivos y monte bravío. La fachada rocosa guarda impaciente su nido. El pueblo callado es testigo.
Instalados en los fríos invernales de enero, la soberbia estampa del búho real se recorta sobre su improvisada atalaya, desafiante, ajeno a todo. Poco le importa el continuo trasiego humano, sus molestas máquinas, sus ruidos y destellos, la gélida noche. En la mente del viejo macho
sólo cabe una razón. Todo queda relegado, el instinto ciega la necesidad, el tiempo apremia y nada importa. La fina lluvia encharca la voz del rey de la noche. Dos varas de envergadura lo coronan como amo y señor. Vuela majestuoso, vestido de silencio, para anunciar al viento que se desgarra de amor.
Metidos en plenas nupcias, los búhos reales abandonan su vida discreta para exhibirse sin recato y conquistar a sus damas con sonoros y profundos cantos, que podrían resumirse en una sola sílaba, pero sobrada del mensaje y embrujo que la convierte en una de las manifestaciones más conmovedoras que se pueden escuchar en las frías noches de invierno.
El observador
Jesús García Luengo
