Acabando el año 2023 y en plena campaña de recogida de aceituna en Garbayuela, traemos este relato del Observador, Jesús Manuel García Luengo, en el que nos enseña otro atractivo mas, de nuestros parajes con encanto, que rodean a Garbayuela. Aparece una pequeña muestra de estos majestuosos ejemplares de olivos sobre los que descansa el autor, en su deambular constante descubriendo y dando a conocer el rico patrimonio natural de nuestro entorno.
NAVIDAD 2023
El
OLIVAR MILENARIO.
Acoge
en su falda la Sierra de Mirabueno un majestuoso bosque creado por
hombres que sabiamente supieron modelar con habilidad su entorno
natural para domesticar la tierra. Pudo haberse transformado en una
veteada dehesa de encinas y alcornoques para no desentonar con el
paisaje dominante, pero aquellos antiguos pobladores prefirieron
sacrificar la bellota por los montaraces parientes del olivo. Amante
de las tórridas solanas, el acebuche o azuche, como lo conocemos por
estos contornos, templado por el estío y el hielo, medra vigoroso
entre la leñosa e impenetrable maraña vegetal como siempre lo hizo
su agreste estirpe. En su rusticidad y capacidad para bregar con los
rigores de un clima extremo, vieron aquellos agricultores una
oportunidad para propagar la preciada versión cultivada de este
árbol y fundieron con maestría ambas especies, consiguiendo lo
mejor de cada una. Hoy, aquellos espigados
azuches
injertados hace centurias, lucen soberbios sus monumentales troncos
resquebrajados por los avatares del tiempo y las heridas que nunca
cicatrizaron.
Desordenadamente
ordenados, los vetustos olivos no pasan desapercibidos a los pies de
la sierra. Ascendiendo por las bellísimas callejas empedradas y
flanqueadas por toscas paredes de piedra, los azuches que crecen en
los linderos se entrelazan formando envolventes galerías por la que
discurren los ancestrales caminos que dan acceso a cercones y
olivares.

De las robustas ramas que asoman a estas callejas se
descuelgan ramilletes de entresinadas
aceitunas con formas y tamaños diversos, incluso en un mismo árbol.
Llaman especialmente la atención las más gruesas y carnosas,
conocidas como juriegas
o huriegas,
nombre vernáculo del que no hay referencia escrita. De esta variedad
están muchos de estos añosos acebuches injertados por el tamaño de
su fruto, muy apreciado para consumirlo endulzado y aliñado. Pero no
descuidaron aquellos habilidosos campesinos la principal cualidad del
fruto oleoso y procuraron cultivar variedades con mayor rendimiento
graso para abastecer sus alcuzas. Aquella rica diversidad se ha
mantenido inalterable hasta nuestros días y de las ramas de estos
antiguos olivares siguen colgando aceitunas que atienden a nombres
como corniche,
verdial, limoncillo, avellanilla, manzanilla,
juriega,
entre otras, que son recolectadas y amontonadas en las almazaras sin
distinción.
De
este a oeste de la sierra se solapan parajes con nombre propio, sin
límites aparentemente definidos, que hacen referencia a
particularidades de naturaleza diversa. Nunca sabes con certeza dónde
empieza uno de estos enclaves y dónde acaba otro cuando los recorres
a pie. Solo las intrincadas callejas que se reparten este territorio
parecen establecer ciertas referencias y cierto orden en las difusas
lindes. Hacia oriente se tiende fragosa y quebrada la sierra hasta La
“Joya” del Valle; a media falda se desparraman desigualados los
olivares de La Viña entre bellos cercones adehesados y linderos,
comunicados por angostas calles y sinuosas veredas. En estos suelos
profundos hunden sus raíces algunos de los
azuches
más imponentes. En La Hoya, ubicada por cima del lavaero,
se encuentra discretamente enclavado uno de estos enormes ejemplares.
Su formidable tronco sostiene una proporcionada arboladura, menguada
por las rigurosas y continuas podas que impiden que estos árboles
adquieran gran altura. Aun así, el porte de este acebuche injertado
es soberbio. Con sus 4.5 m de perímetro a 1.30 m del suelo, al que
habría que añadirle un metro más de peana, destaca imponente sobre
los no menos impresionantes pies que crecen en estos olivares.

Entre
La Viña y El Cerconazo quedan las difusas Entreviñas. Sin majanos
ni referencias que las sitúen sobre el terreno, me da la sensación
de que sus límites los dispone el ojo y el criterio del que las
pisa. Se yerguen en este enclave tres buenos “mozos”. Uno,
solitario, situado en un cercado de piedra próximo a la calleja,
destaca como una torre sarracena en mitad de un baldío. Los otros
dos, imponentes, descomunales, se agarran al suelo del olivar con
troncos que alcanzan los 5.5 m de perímetro y una vara más de
añadidura si se tallan por la cepa.
Rumbo
al poniente traspongo los alineados olivares de El Cerconazo, Olea
europea mayoritariamente,
para hollar los impresionantes
aceuchales
que
hermosean la falda de la sierra. Desde los cercones más próximos al
pueblo hasta las callejas que ascienden a Las Majadillas y El
Castillo, los enormes acebuches comparten cuartel con no menos
enormes carrascos. Otros se asoman desde las lindes entreverados con
estos o ascienden adehesados por las laderas. Injertados con diversas
variedades de aceituna, lucen majestuosos sobre un suelo que el
glifosato se encarga de mantener limpio de pasto todo el año. En las
cercas ganaderas son las merinas las que hacen el mismo trabajo con
igual eficiencia y sin efectos secundarios. Dos olivos de enjundia
despliegan su descomunal porte en uno de estos cercones. Añosos como
catedrales y con leña como para pasar un invierno, las profundas
grietas de sus colosales troncos cuentan la historia de un pueblo que
renació sobre los cimientos de otro.
Los
restos desmenuzados de la cumbre cuarcítica de la sierra es la
barrera natural que frenó al acebuche domesticado, pero las
quebradas pedrizas no fueron impedimento para crear y modelar el
aceuchal allí donde la piedra no embozó la tierra. A medio camino
de Las Majadillas se extiende este soberbio bosque de árboles más
que centenarios, probablemente el más vetusto y hermoso de la
comarca. Abigarrados, entre El Olivar y el Olivar de Salas se
reparten buena parte de esta formidable colección de olivos
monumentales. Caprichosamente esculpidos, los enormes troncos
retorcidos, cuarteados, huecos, revelan las profundas heridas de su
larga existencia y no son pocos los que se aferran a la tierra por el
vigoroso hilo de vida que el paso de los siglos aún no ha podrido.
La inmortalidad no parece un misterio cuando contemplo a estos
ancianos que han sobrevivido hasta nuestros días desafiando al filo del
hacha y a los inmisericordes embates del tiempo.

Quebrados
en dos y tres brazos, acarreados unos o emplazados a su antojo otros,
los retorcidos olivos trepan por la falda hasta donde la pendiente y
la piedra les frena. El aspecto general del desordenado olivar es
soberbio, como soberbia es la estampa de otra pareja de
impresionantes olivos que bien pudieran ser “quintos”. Quiso el
diestro injertaor
que
uno
fuese
juriego
y avellanillo el otro. Ambos, de hechuras formidables, lucen robustos
y lustrosos troncos de 5.5 m de perímetro, aproximadamente, al que
hay que sumar otro metro de pedestal, por si fuera poco. Contemplando
sus dimensiones, sobrecoge pensar que las dehesas más viejas del
lugar probablemente eran un chaparral cuando estos olivos ya eran
vareados.
Recientes
estudios sobre olivos milenarios afirman que lo son aquellos que
superan los cuatro metros y medio de perímetro. Este parece ser un
indicador que determina la solera de estos excepcionales árboles,
declarados monumentos naturales o singulares en muchos pueblos de
gran tradición olivarera. Para llegar a esta conclusión se ha
desarrollado una metodología no destructiva que permite calcular la
edad de olivos ancianos mediante un modelo matemático que relaciona
la evolución de variables como el perímetro, diámetro o radio
medio de un conjunto de árboles que se han desarrollado bajo el
mismo ambiente. Si nos guiamos por las estimaciones de este método
de datación, no cabe duda de que nuestros viejos olivares acreditan
sobradamente su milenaria condición. Mérito al que han contribuido
sin distinción de lengua y credo tantas y tantas generaciones a lo
largo de la historia. Justo reconocimiento merecen aquellos
campesinos musulmanes que cultivaron como suya esta tierra. A ellos
debemos que este valioso legado natural haya perdurado durante
siglos, como agradecimiento debemos a todos aquellos depositarios que
con su esfuerzo y dedicación han conservado y mimado hasta nuestros
días este majestuoso olivar
milenario.
“El
Observador”